miércoles, 14 de agosto de 2013

Las siete puertas

Cuenta la leyenda que cada 23 de Agosto en la Villa de Sepúlveda, San Bartolomé, apóstol y mártir, suelta de sus cadenas al diablillo que le acompaña, permitiéndole por una noche al año, hacer trastadas entre los sepulvedanos… Estas palabras salían de la boca de Figueroa mientras paseaban por una de las siete puertas de la ciudad, ella escuchaba, atenta como siempre y encantada con cada cosa nueva que él le contaba, definitivamente, este chico le gustaba.

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Se habían conocido hacía menos de un mes, y sin embargo, en ningún momento se sintieron extraños. Luna se sintió bien desde el principio, fue como si la edad y la madurez de Figueroa le impidiesen andarse con chiquilladas. Él, su gintonic y su chaqueta le hacían sentirse cómoda y confiada.
Figueroa por el contrario estaba nervioso, había algo en aquella chica que le hacía temblar y rejuvenecer de golpe, como un terremoto. Notó que le gustaba desde aquella noche en que por avatares del destino acabaron compartiendo mesa en el Tony Uno, un “after” de mala muerte del que, desde hacía ya años, era cliente habitual. Ella había venido con sus amigos de las juventudes, y por alguna extraña razón no paró de meterse con él en toda la noche, lo cual a él le sorprendió y agradó a partes iguales.

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-                     ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? -dijo Luna, llevabas esa camiseta.

Y sonrió al acordarse de todas las cosas que le había dicho esa noche con la única intención de que se fijase un poco en ella.
Él rio al pensarlo, y decidieron, que no había mejor idea que sentarse a tomar un gintonic en algún sofá atrapador que les permitiese contemplarse, besarse, hablar de las vidas pasadas y futuras de uno y otro, y planificar el estupendo fin de semana que tenían por delante.

Sepúlveda resultó ser un lugar maravilloso. La verdad es que no hicieron mucho turismo, más allá de largos paseos bajo el sol. Se dedicaron por entero a sí mismos. Póker, sexo, cenas gastronómicas… disfrutaron de aquel fin de semana en el que nada más importaba, salvo la compañía de disfrutar el uno del otro. Conocieron graciosos personajes y viajaron a esa época en la que con la calada de un cigarro se te meten para dentro las ganas de vivir.
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Siete Puertas de Sepúlveda, Siete Llaves que las abren… Luna estaba encantadísima con la perspectiva de ver por fin actuar a Figueroa. Entró al teatro, ya a oscuras, -tenía la manía de llegar siempre tarde- y se sentó sola en una butaca desde la que poder contemplar el espectáculo sin interrupciones. Se había puesto muy guapa, un fino vestido blanco de verano con unas sandalias con hebilla y un poco de tacón, lo mismo que llevó en lo que llamaron “su primera cita”. Empezó la obra y con ello el viaje a través de Figueroa. Desde que le conoció le había impresionado su forma de ser. No era como estar con otros; todo pasó más rápido, empezó a sentir cosas que hacía ya tiempo había olvidado. Sus últimos meses habían estado marcados por un escepticismo y un cinismo absoluto. Desde que lo dejó con su novio por tercera o cuarta vez había renunciado definitivamente al amor, no porque ella quisiera, sino porque se encontraba incapaz de querer de la forma en que la habían amado a ella. Se sentía triste por hacer las cosas mal, desengañada con esa ilusión a la que la gente llama amor. Por eso se sorprendió de la forma en que se desarrollaron los acontecimientos con Figueroa.
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PRIMER ACTO:
-“Nadie, ni siquiera la lluvia tiene las manos tan pequeñas…”


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La obra empezó y Luna observó cada segundo como si fuera el último y la vida le fuese en ello. Le encantaban sus gestos, su forma de moverse y de mirarla, la forma que tenía de relacionarse con el mundo y el mundo con él.

La obra resultó ser la historia de una familia judía que en la edad media había tenido que salir huyendo de la inquisición en una barca por el rio Duratón. Y de cómo las siete puertas que cercaban la ciudad, se les habían ido abriendo, no sin antes superar una prueba, para permitirles escapar.

-Me has encantado, le dijo.
Y aunque nunca lo reconociera, le cogió la mano y caminaron en silencio hacia el club donde invitaban a los actores a tomar una copa y bailar tras la obra.
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Luna pensó que sería divertido simular con Figueroa ser aquella familia judía, y ponerse pruebas el uno al otro, antes de que acabase el fin de semana y tuviesen que salir de la ciudad. Él bromeo diciendo que si el premio era marcharse de allí prefería hacerlo mal y quedarse en Sepúlveda para siempre, con ella. Luna le llamó tramposo y le exigió que su primera prueba fuera sacarla a bailar allí mismo, ante las atentas miradas de los asistentes que envidiaban, sin decirlo, la felicidad que desprendía aquella pareja.
Después de bailar, besarse, cantar rancheras y canciones de Sabina y tomarse algún que otro pacharán, embriagados de felicidad o de alcohol salieron a la calle, y en la última puerta follaron o hicieron el amor siete veces, una por cada llave, por cada puerta y por cada prueba que se habían puesto esa noche.
Cuando acabaron, después de reír, descansar e intercambiarse deseos sexuales que harían en el futuro, él la miró muy serio y con vergüenza le dijo que aún tenía una prueba más que hacer, un salto de fe. Ella no comprendió, pero antes de que pudiera preguntar nada Figueroa la besó y le confesó deprisa y algo nervioso que se había enamorado de ella.

Luna sonrió de esa forma difícil de explicar que solo puedes entender cuando la vives. Trató de asimilar la información sin poder dejar de sonreír y pensó, que ella no sabía lo que era estar enamorado, pero que desde luego aquello se parecía mucho.
Le miró y le dijo que ella también tenía una última prueba que hacer, pero que para esta iba a tener que esperar unos pocos días. Dijo que le escribiría una historia, la historia de su viaje a Sepúlveda, y pensó que un relato es una carta que una se escribe a sí misma para contarse cosas que de otro modo no podría averiguar.

-Yo también, le dijo.



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