martes, 25 de marzo de 2014

Popurrí: NO APTO para postgraduados en Análisis Político

A lo largo de mi formación de máster en Análisis Político he estudiado, como es lógico, a diversos y prestigiosos autores/as de la Ciencia Política (más autores que autoras, todo sea dicho). Sartori, Schumpeter, Robert Dahl, Linz… son nombres que nos suenan a cualquier politólogo/a, o que al menos deberían sonarnos. El debate sobre la democracia, sobre la ciencia política, sobre las relaciones de poder, es un debate sin duda reabierto en la sociedad en los últimos años. Es natural pensar que mi formación debería otorgarme cierta claridad sobre estos temas. Sin embargo, ¿acaso he/hemos aprendido qué es la democracia en la universidad?


Actualmente la coyuntura de las elecciones europeas de mayo, el debate sobre modelo de estado que se está produciendo en Cataluña pero que va mucho más allá, la reflexión sobre la democracia formal y sus límites que reabrió el 15M, hace que vivamos en un momento político excepcional, en el que se cuestionan las reglas de juego establecidas en nuestro país desde la Transición. Para muestra un botón, el pasado 22 de Marzo alrededor de un millón de personas marchamos por las calles de Madrid reclamando una sola cosa: Dignidad. 



Los citados autores modernos de la Ciencia Política me han facilitado unos apuntes muy claros y de diversos colores sobre estos temas. Sé qué es la “accountability” (queda mucho más profesional decirlo en inglés), sé diferenciar entre un régimen autoritario y otro totalitario (gracias a nuestro amigo Linz, que estableció que oye, el franquismo no era tan malo después de todo), e incluso sé que mucha democracia genera inestabilidad, y eso es malo para las sociedades. Nunca me hablaron en las aulas de poder popular (sí fuera de ellas), nunca nos contaron la diferencia entre gobierno y poder, y en definitiva nunca nos explicaron que la democracia no puede ser un método, que no es un instrumento para organizar las sociedades, sino que es o debería ser un fin en sí misma.

Democracia significa poder del pueblo, de la mayoría; y no hay que haber ido a ninguna universidad para constatar que no es lo que tenemos ni en España ni en la idolatrada UE. No sólo porque no tengamos los procedimientos adecuados (mayor participación, rendición de cuentas, cumplimiento de los programas electorales, referéndum vinculante, cargos públicos revocatorios…) sino sobre todo por la necesidad de entender que democracia no es una técnica para gobernarnos, sino la necesidad de que el pueblo se auto-otorgue el poder que le pertenece y que le ha sido sustraído. Eso quisimos demostrar el pasado 22 de Marzo, y lo conseguimos.


Las elecciones europeas tienen importancia en la medida de que nos sirvan para recuperar soberanía y arrebatársela a las instituciones europeas antidemocráticas y los organismos internacionales y mercados financieros donde reside el poder. De igual forma que el debate reabierto por Cataluña tendrá sentido si somos capaces de darnos cuenta que la clave no está en Artur Más ni en Mariano Rajoy (ambos con intereses muy similares), sino en si aprovechamos la coyuntura política para replantearnos todas las reglas del juego, para abrir un proceso constituyente que termine con el régimen bipartidista y corrupto que tenemos en la actualidad. Derecho a decidir sí, pero sobre todas las cuestiones.


La Ciencia Política que mayoritariamente nos enseñan es ciencia (entendida como un conjunto de conocimientos estructurados sistemáticamente que busca establecer, a partir de la observación, principios generales acerca del funcionamiento de las sociedades), sin embargo no es política, pues no nos habla con sinceridad de esas relaciones de poder. Distinguimos sistemas políticos, definiciones de democracia tenemos para aburrir, pero no profundizamos en el concepto y en lo que como sociedad puede hacer qué cambiemos el rumbo de la historia.

La objetividad en las ciencias sociales no existe, lo único que podemos hacer es ser honestos con nosotras mismas y contar aquello que, objetivamente, creemos que es verdad.

Distinguir entre gobernanza y gobernabilidad puede ser interesante, pero no es la verdad que yo quiero contar. Lo que quiero poner sobre la mesa es que el problema no es que tengamos malos representantes (que también), sino que sólo son marionetas obedientes al chantaje sistemático de quien realmente manda en nuestro país y en el mundo entero: el poder económico.   

Los recientes acontecimientos sucedidos en la frontera de Ceuta con Marruecos no son sino otra prueba de la falta de democracia que padece Europa. A través de estos poderes económicos controlamos a los países del Sur y les condenamos a la más absoluta de las miserias: hambre, pobreza, guerras… La UE es responsable directa de estas muertes que se producen día a día en la mitad del mundo, a través de la venta de armamento a dictadores de turno, o el saqueo de los productos naturales y recursos energéticos de estos países a través de las multinacionales occidentales, por poner solo algunos ejemplos. Pero además cuando estas personas finalmente llegan a nuestras fronteras no tenemos pudor en matarlas a balazos, con cuchillas en las verjas o encarcelándolas en centros de internamiento de extranjeros. Si la UE fuera democrática no se violarían día tras día los derechos humanos.


Quizá las personas que vivimos en estas sociedades tengamos algo que decir en todo esto, quizás lo primero sea darnos cuenta de que todos estos crímenes no son pequeños problemas que podamos arreglar con políticas más amables, sino que es la estructura misma del sistema la que tenemos que destituir definitivamente para comenzar a constituir entre todas algo nuevo, algo verdaderamente democrático, algo más político y menos “científico”. No es una cuestión de forma sino de fondo.  
Hoy, más que nunca: lo llaman democracia y no lo es.

#Vamos22M

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