jueves, 21 de julio de 2016

Una vez más, tu jardín

Tres años habían pasado ya desde aquel maravilloso viaje a tierras sepulvedanas, y los avatares de la vida un buen día volvieron a llevarla allí.

No sabía nada de Figueroa desde hace algún tiempo, la rutina que consume toda vida, había hecho que se perdieran; y quizás en el momento en que más se necesitaban, su vida se había llenado de esos días, grises y opacos, que una omite en su biografía.

-    -         Señorita, ¿le ocurre algo?

Luna buscó apresuradamente en el móvil la dirección del hostal. Le gustaba sentir la libertad de poder ir y venir cuando se le antojara, y tener una incipiente carrera de actriz precaria, le permitía viajar por las castillas con cierta asiduidad.

-    - Busco la hospedería de los templarios contestó al lugarteniente, que con su bastón y sus canas, no pudo evitar sentirse atraído por aquella niña.
-   -  ¿Vienes para muchos días? – contestó el hombre, consciente de que las fiestas del pueblo tendrían lugar ese fin de semana y la afluencia de jóvenes llenaría de vida un pueblo en otras épocas del año vacío.
-     - Actúo pasado mañana en el teatro Bretón, por si usted quiere venir a verme.

Paco se empeñó en acompañarla hasta la misma puerta. “A estas edades no hay mucho más que hacer”, le había dicho, y por el camino le habló de política, de la vejez, de los pueblos que se vacían, de los políticos que no hacen nada por evitarlo y demás temas, banales o no, con la ilusión de quien habla con una persona nueva que sabe escuchar.

Luna deseaba estar sola pero agradeció gustosa la espontanea compañía y se limitó a escuchar despreocupada, con la agradable sensación de no tener mayor compromiso que pararse a conocer a cualquier personaje que se cruzara en su camino.

-  - Ya hemos llegado, le dijo. Y tras asegurarle a aquel hombre que como él le había aconsejado buscaría un trabajo más estable, subió las escaleras de aquel hostal para acomodarse en su habitación.

La austeridad del lugar le resultó agradable, y un olor a madera antigua le recordó al viejo desván de su pueblo donde le encantaba adentrarse cuando era niña. Leyó, se duchó, se masturbó, y cuando no tuvo nada más interesante que hacer cogió su agenda y decidió llamar a aquel chaval de las luces, que hacía días le tiraba los trastos.

Le causaba cierta contradicción quedar con un chico, con la previsible consecuencia de ir a acostarse con él, en aquel lugar que tantos recuerdos le traía. Con Figueroa descubrió el amor, y uno de los grandes culpables era aquel pueblecito con sus siete puertas… Distraída pensando en ello se le echó el tiempo encima, y en 5 minutos tuvo que arreglarse para acudir a su cita. Sabía que lo mejor que podía hacer era evadirse de esos pensamientos, “cualquiera me vale”, pensó, y este chico atractivo, majo y detallista le haría disfrutar de su fin de semana y su ansiada libertad.

La velada resultó divertida, pero más aún el día siguiente, víspera del estreno, donde la gente del teatro, las drogas y el alcohol, la hicieron disfrutar de un ambiente en el que por ser la nueva tienes más que ofrecer y que contar para que los demás te descubran.


-   Señorita, ¿le ocurre algo? ¿Por qué llora?
-   - Hola Paco
-    - ¿No lo estás pasando bien en mi tierra?
-    - Sí, muy bien
-    - ¿Entonces?
-    - Las noches la hacen a una vulnerable, Paco.

Una vez más lloraba, ¿cuantas veces en los últimos meses? Había aprendido, o eso creía, a controlar su ansiedad, o al menos dormía y al despertarse lograba sentirse bien. La última vez que hablaron, el orgullo le pudo, y por supuesto no le contó nada de aquel viaje. Y aquella noche, recordaba esos días en que se descubrían, cuando no había nada más importante que sentirse, tocarse, hablar, disfrutar, cuando sonreír era inevitable y no había mejor forma de “aprovechar el tiempo” que pasarlo con él.



Pensó de nuevo si no debían haberlo intentado, si no se dejaron morir por abandonar un proyecto incluso antes de iniciarlo. Quien no pregunta, quien no recuerda que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar, es que prefiere la certeza de la muerte al riesgo de tener que mostrar valor para vivir cada día.

Luna decidió escribirle, probablemente no vendría, quedaban menos de 12 horas y  sabía de buena tinta que él ya tenía otras cosas en mente. Algo se les escapó en el camino, y aún con la certeza de que ya no bastaría una gran actuación, por muchas  luces y fuegos artificiales que tuviera, decidió avisarle.

Nunca supo si la vio. Ella actuó. Como si nadie la estuviera mirando, como si todos la estuvieran viendo, pensando que al menos podría darle, una historia hermosa, que probablemente contaría a los hijos, que un día tendrá con otra.


Tu jardín, de nuevo:


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